
El pasado 23 de octubre fue el día del periodista. Siempre, en todo el mundo los tiempos fueron difíciles para el desempeño profesional y para la supervivencia de algunos medios.
En particular en el llamado interior del país, las cosas se hacen más difíciles. Presiones, limitaciones, doble o triple empleo (a veces en cuestiones diferentes o en el lugar del cual se debe informar), malas remuneraciones y condiciones laborales precarias, hacen extremadamente cuesta arriba el trabajo profesional, sustantivo en una democracia que se precie de tal.
A ello hay que agregarle los vertiginosos cambios tecnológicos y que los recursos que vuelca el estado a los medios, caen, sustantivamente en la capital, donde ciertos medios audiovisuales (que usufructúan el espectro de todos los uruguayos sin pagar un peso) gozan de privilegios; siendo que, muchas veces, muestran “ocultando”.

Mantener la independencia de todo poder o grupo de interés y/o presión, no siempre es sencillo, aunque imprescindible. Si eso no se da, no hay periodismo, hay propaganda u ocultamiento.
Por eso, noticia, una de las tantas definiciones, es aquella que alguien en algún lugar no quiere que se sepa. Por eso el periodismo es antipoder estatuido. Aunque sea con los canutos, habrá periodismo, ¡que conste!






