
Es un sábado de febrero. Da lo mismo si es en un poblado de cientos de personas o una gran ciudad de Uruguay; en su escala. Lo que sí es cierto es que el calor abraza a todos los cuerpos y los carnavaleros destilan agua.
Es común ver el trasiego de gente con bebidas, con o sin alcohol; los más pobres aparecen en familia con tupper llenos de pizza o torta, botellas con jugo y gurises pequeños que casi trasladan a la rastra. Los vendedores ambulantes, medios desarrapados, ofrecen espuma, máscaras, corona luminosas, pop, manzanas azucaradas.
Los puestos establecidos, dispersos en varias cuadras, desparraman el olor característico de las frituras con aceite. El que atiende evita cobrar. Aquí no corre el pago con tarjetas, todo es contado rabioso. No hay margen para otra cosa.
Esta noche, los niños que ganaron la calle del desfile disfrutan del pasaje de los cabezudos, ¡-sí los hay! -, aunque parecen una especie casi en extinción.
Las bailarinas de las comparsas, cimbrean sus cinturas. Los vendedores intentan hacer la diferencia.
Al pasar frente a la pantalla gigante, los grupos se hacen intensos y el animador, parte de la “mise en scène” alienta el paso de cada agrupación.

Todo discurre con gente sentada al borde del cordón de la vereda, a sus espaladas, en la vereda, se arma un sendero donde las participantes de la feria van y vienen de un lado a otro.
Están disfrutando, hay “de cada pueblo un paisano” y sus presencias delatan que llegaron de distintos barrios y que, tal vez, esta sea una de las pocas oportunidades de “estar en el centro”.
Esta fiesta, otrora bastardeado por su raíz popular y los excesos que escandalizaban a las clases pudientes montevideanas años a, hoy permea todos los sectores. El mismo hace que sea un espacio de integración social, muy democrático.
Mientras este sábado, en el interior, -uno de los interiores-, los tambores hacen vibrar viejas paredes y las vedettes y bailarinas de las comparsas siguen moviendo, sin mostrar signos de agotamientos, caderas que escaparían de manos que las quisieran atrapar.
Todo luce mágico, colorido, y uno tiene ganas que la fiesta continúe.
El más que centenario ritual ha cambiado: el sistema tendió a la pomposidad y a que los grupos, durante el año, se las ingenien para costear los miles de pesos que significan poner un grupo en la calle. Las formas y el sacrificio hablan del compromiso y amor con que se encara la festividad.
De aquellas noches de desborde y excesos a esta fiesta más “civilizada”. Pero lo que no ha cambiado es que con más modestia o enjundia, el mismo se celebra en todo el país. Es la pasión de andar.
Esta fiesta, otrora bastardeado por su raíz popular y los excesos que escandalizaban a las clases pudientes montevideanas años a, hoy permea todos los sectores. El mismo hace que sea un espacio de integración social, muy democrático.
Mientras este sábado, en el interior, -uno de los interiores-, los tambores hacen vibrar viejas paredes y las vedettes y bailarinas de las comparsas siguen moviendo, sin mostrar signos de agotamientos, caderas que escaparían de manos que las quisieran atrapar.
Todo luce mágico, colorido, y uno tiene ganas que la fiesta continúe.
El más que centenario ritual ha cambiado: el sistema tendió a la pomposidad y a que los grupos, durante el año, se las ingenien para costear los miles de pesos que significan poner un grupo en la calle. Las formas y el sacrificio hablan del compromiso y amor con que se encara la festividad.
De aquellas noches de desborde y excesos a esta fiesta más “civilizada”. Pero lo que no ha cambiado es que con más modestia o enjundia, el mismo se celebra en todo el país. Es la pasión de andar.

Esta fiesta, otrora bastardeado por su raíz popular y los excesos que escandalizaban a las clases pudientes montevideanas años a, hoy permea todos los sectores. El mismo hace que sea un espacio de integración social, muy democrático.
Mientras este sábado, en el interior, -uno de los interiores-, los tambores hacen vibrar viejas paredes y las vedettes y bailarinas de las comparsas siguen moviendo, sin mostrar signos de agotamientos, caderas que escaparían de manos que las quisieran atrapar.
Todo luce mágico, colorido, y uno tiene ganas que la fiesta continúe.
El más que centenario ritual ha cambiado: el sistema tendió a la pomposidad y a que los grupos, durante el año, se las ingenien para costear los miles de pesos que significan poner un grupo en la calle. Las formas y el sacrificio hablan del compromiso y amor con que se encara la festividad.
De aquellas noches de desborde y excesos a esta fiesta más “civilizada”. Pero lo que no ha cambiado es que con más modestia o enjundia, el mismo se celebra en todo el país. Es la pasión de andar.






