
En esta tranquila y pequeña localidad, recostada al paterno, -cercana a la capital departamental-, el fantasma del frigorífico sigue presente.
Es viernes, pero pudo haber sido jueves o domingo.
Aquí la calma reinante la interrumpe alguna moto con caño de escape libre o el jolgorio de gurises de la Escuela que justo están en el recreo. Es una tarde pesada y húmeda, en Casa Blanca, donde el cierre del frigorífico parece quitar toda esperanza.
Llegar a esta localidad, a unos 15 kilómetros de Paysandú y a 8 de San Félix, es sumirse en un universo donde los pájaros merodean sin aspaviento y a un ligustro le es indiferente si la tierra está seca y demanda agua. “Tiene que llover”, pero manso dice un ex dirigente sindical del frigorífico sentado en un banco en el terreno donde funcionaba el club y donde, a pocos metros, el pasto se adueñó de dos canchas de futbol.
En el pasado, los vecinos jugaban a las bochas y el Club Atlético Casa Blanca, además de participar en una de las ligas sanduceras, era el centro de sociabilización. Hoy, el quincho, de amplio espacio y la casona que albergaba la sede y la cantina son mudos testimonio de un pasado más ameno y esperanzador.

Durante años todo giraba en relación al frigorífico y la figura excluyente y polémica del empresario argentino-alemán Eugenio Schneider. Él era el dueño de casi todo, …
En este pueblo apacible, de no más de 400 habitantes, recostado sobre una de las márgenes del río Uruguay, -el paterno para los lugareños-, la subcomisaría funciona algunos días. Esta excepción es la envidia de otros ciudadanos, como los de Paysandú Ciudad. La Policía no tiene delincuentes para perseguir.
Sentado en los bancos del club todo parece inamovible o moverse con una lenta cadencia. Desde allí se divisan dos jóvenes que, con mochilas, de chinelas y sendas cañas de pescar vuelven del río en silencio. El obrero que los mira recuerda, sin nostalgia que “el 90% del pueblo trabajaba en el frigorífico”.
En otra cuadra una mujer vuelve de tirar la basura, traspasa la puerta de su jardín y se sienta en una playera e inicia el ritual del mate amargo.
Mientras un cardenal mira como dialogan tres contertulios, flota en el ambiente la idea de establecer allí un centro turístico. Pero, ¿qué estudio lo avala? ¿Quién pone los recursos? No contar con un Municipio, ni vecinos organizados ayuda poco.

La vida social escasea, los lugareños se han metido en sus casas. Ellos conviven con otros, no solo sanduceros, que han optado por la tranquilidad. Lo reflejan las construcciones más modernas que se entremeten con estructuras más antiguas y modestas y áridos que han bajado de algún camión barraquero.
Astutos vecinos piensan en constituir una comisión, aunque se haga difícil conformarla, pero se dan pasos. ¿Será posible que allí germine algo que aún no se sabe que es?
La señal de internet no se interrumpe, los autos descansan debajo de los árboles y un ómnibus de Copay realiza uno de sus tantos viajes diarios desde y hacia la capital departamental, sin prisa, para no agraviar la dinámica instalada.
Ya no hay partidos de bochas, fútbol, cine, -a veces funciona el restaurant-, y siempre está el camping y las cabañas; la placita con sus juegos saludables espera que dos vecinos que charlan, uno sentado y otro parado con un pastito en la boca, se animen a utilizarlos.

El camión de la basura no se cansa y sigue pasando dos veces por semana.
No lejos de allí una niña, en la banquina del camino de ingreso, llora. Es que fue despedida de una bicicleta en la que su madre la llevaba, aunque sin exceso de velocidad. Tal vez se torció el tobillo.
Son las 6 de la tarde de este viernes, pesado y húmedo, que pudo haber sido jueves o domingo donde uno se lleva impregnada en la piel la tranquilidad que aporta el lugar. Atrás queda Casa Blanca. Desde lejos se divisa la icónica Torre de la Defensa de la capital departamental.






