
Hace algunas semanas planteé en varios lados, incluida esta sección de VOCES, que creía que el plebiscito sobre el sistema jubilatorio era una de las instancias más trascendentes en la vida democrática del país. Y no porque creyera, como los doctores Lacalle, Delgado, Saldain o García que si se subían cuatro mil pesos las prestaciones mínimas del sistema, se precipitara el fin del mundo; muy por el contrario, pensaba -y pienso- que en esa decisión se iba a definir qué modelo de país queremos las y los uruguayos: si uno preocupado por la justicia social y la equidad, a lo que se debería llegar por la redistribución más justa de la riqueza nacional, u otro que confiara en el mercado y el derrame como única vía para mejorar la vida de la gente, y por lo tanto se ocupara prioritariamente de abrirle camino a los “malla oro”.
Y bien, las elecciones nacionales han pasado, al menos la primera vuelta, y la opción que proponía la primera alternativa, la de la justicia social, pese a que juntó más de cuatrocientas mil voluntades para que el pueblo resolviera esa cuestión y más del doble de ese número para apoyarla, no llegó a aprobarse y quedar en la Constitución de la República.

Ese casi un millón de votos por Sí no alcanzó, porque en nuestra constitución -que no está pensada para que sea la gente la que decida- las abstenciones y las deserciones se cuentan como votos negativos, y así es muy difícil alcanzar el 50% más uno de los votos emitidos y el 35% de los inscritos en el padrón electoral. Y porque casi todo el sistema político, con muy honrosas excepciones, entendió que era mejor que ellos decidieran, y no que todas y todos decidiéramos.
¿Y ahora? La Constitución quedará como está y el sistema jubilatorio quedará como está, con la confiscación de cinco años de vida y cinco años de prestaciones a las y los trabajadores, jubilaciones y pensiones paupérrimas, y los bancos y financieras dueños de las AFAP haciendo sus lucrativos negocios con el dinero que trabajadoras y trabajadores aportan.
Pero siempre hay un camino cuando se quiere andar: más despejado o más escabroso, pero lo hay. Y si la elección del domingo dejó a casi un millón de Síes sin respuesta, también dejó otras señales, a las que habría que tomar en cuenta: dos de cada tres votos para el Frente Amplio contenían la papeleta blanca del Sí jubilatorio, contra el deseo de la mayoría de los dirigentes frentistas y la abierta oposición de otros (quizá no casualmente, a los que les fue peor en el reparto), y uno de cada tres votos al Partido Nacional también la tenía, contra el deseo de todos sus popes. Y el FA tiene mayoría absoluta en el Senado, y con votos de un partido menor que apoyó el Sí también podría tenerla en Diputados para dilucidar este asunto mediante una ley, como se pregonaba que era el mejor camino.
¿Qué impediría, entonces, que lo que la gran mayoría de los frenteamplistas queremos que pase, y que las Bases Programáticas del FA mandatan que pase, pueda pasar: jubilación a los sesenta años; prestaciones mínimas decorosas y eliminación del lucro en el sistema jubilatorio? Y entonces capaz que el Sí, como el Cid Campeador, puede seguir ganando batallas después que lo dieron por muerto.






