
Se vienen conociendo, mucho después y mucho más despacio de lo esperado, resultados parciales del Censo de Población, Hogares y Viviendas realizado entre marzo y octubre de 2023. Algunos de esos resultados han sido ampliamente comentados, por las autoridades del Instituto Nacional de Estadística (INE) y a partir de ahí por la prensa: el escaso crecimiento de la población (aún con los miles de personas que vinieron desde el Caribe y sus inmediaciones): su envejecimiento, consecuencia de que nacen pocos, pero también se mueren menos; la contracción del tamaño de los hogares, que pasaron de 3,2 personas hace doce años, a 2,5 ahora, y que una de cada cinco viviendas existentes está desocupada.
Este último dato, que no se preocupa mucho de averiguar y tener en cuenta, cómo y por qué están desocupadas, lleva alegremente a deducir que en realidad sobran viviendas y que lo único que hay que hacer es transformarlas de desocupadas en ocupadas. Como si la mayor parte de ellas no fueran “de temporada” y por consiguiente su función no es la de tener residentes permanentes sino ocasionales; como si otra parte no estuviera en alquiler o venta, y por eso debe estar vacía para que el mercado funcione, y como si otra parte más no fueran viviendas inadecuadas, ruinosas o precarias. Pero ése es otro tema, que también habrá que discutir y no el que queremos comentar aquí.
Lo que nos interesa destacar ahora es que a partir de los datos del Censo 2011 (terminado en 2012), donde ya había una cantidad muy importante de viviendas desocupadas, el ministerio correspondiente, durante la administración del Frente Amplio, primero y durante la de la coalición multicolor después, evaluaron, haciendo sumas y restas más sensatas que las antes señaladas, que en el país se necesitaban construir más de 50.000 viviendas, que eran las que faltaban para cubrir de forma adecuada la demanda.
¿Y en 2023? El Censo dice que la población aumentó muy poco, pero los hogares aumentaron mucho, justamente porque se redujo la cantidad de personas por hogar. Con lo cual la misma población o poco más, se agrupa en muchos más hogares, porque éstos son más chicos. Concretamente, los hogares particulares aumentaron entre 2011 y 2023 un 24%, mientras que las viviendas aumentaron sólo un 19%.
¿Qué significa esto? Que si en 2011 había un déficit importante y los hogares crecieron más que las viviendas que se construyeron, ahora el déficit debe ser claramente mayor, porque la demanda creció más que la oferta. Concretamente ahora hay, si le creemos a los censos, cerca de 280.000 hogares más, y sólo poco más de 260.000 viviendas adicionales, por lo cual el déficit se debería haber incrementado por lo menos en casi veinte mil viviendas.

Hacen falta otros análisis más finos para entender mejor este asunto, pero, por lo menos, hay que empezar a convencerse de que hay un problema grave, que lejos de atenuarse se agudizó, y que es imprescindible abordarlo con fuerza, para lo cual hay que hacer muchas cosas, pero una fundamental es poner muchos más recursos. Que no pueden salir de los mismos pobres a quienes hay que proteger sino de los que poseen excedentes.






